Simulación institucional permanente de un Gobierno que se Cree Humanista con Corazón Feminista

El gobierno de Quintana Roo presume avances en materia de seguridad. 

Más patrullas, más tecnología, más inversión, más coordinación. Las cifras se repiten en discursos, comunicados y eventos oficiales. Se habla de modernización, de capacidad de respuesta, de vigilancia inteligente. 

La seguridad, dicen, dejó de ser promesa y pasó a ser prioridad.

Todo está medido, ordenado y presentado para que suene bien. Para que cuadre. Para que parezca que el problema está atendido y bajo control. 

Tan solo tomo el mando del estado de Quintana Roo María Elena Hermelinda Lezama Espinosa el presupuesto en la Seguridad de los ciudadanos Quintanarroenses se duplico, sin embargo los homicidios, desapariciones, trata de personas y derecho se piso aumento.

Tan solo la Secretaria de Seguridad Ciudadana en la administración de Mara Lezama, en 2025 conto con un presupuesto de $3,978 millones 018 mil 491 pesos, $1,679 millones 325 mil 770 pesos tuvieron de mas del presupuesto de la administración de Carlos Joaquín González que fue de $2,298 millones 692 mil 721 pesos, pero de nada sirvió ya que los delitos con Mara se disparo en comparación a la C.J.

La narrativa es clara: se está haciendo lo correcto, en el momento correcto, con los recursos correctos. Y como ya sabes que Mi Pecho No Es Bodega en estas líneas Te Lo Cuento

El gobierno insiste en hablar de seguridad como si fuera un trámite cumplido, como si repetirlo lo volviera cierto. 

Se llenan la boca de avances, de coordinación, de inversión, y lo dicen con esa tranquilidad insultante del que no pisa la calle. 

Ese discurso ya no molesta: encabrona. Porque uno no es ingenuo, Saben que no alcanza, saben que no funciona como dicen, y aun así lo venden. 

En la calle no hay paciencia, hay hartazgo. Hay exigencia, hay una demanda básica: Que alguien llegue, que alguien responda, que alguien esté. 

Todo está “operando” hasta que se necesita, y entonces salen las fallas, las ausencias, los huecos que nadie quiere explicar. No es mala suerte, es costumbre. 

Un desmadre institucional que ya no avergüenza a nadie dentro del gobierno.

Lo más jodido no es que falte seguridad, es que ya se normalizó que falte. 

Que el gobierno se acostumbre a dar menos y la sociedad a esperar menos. 

Que el discurso siga limpio mientras la realidad está hecha mierda. 

Aquí no hay sorpresa ni exageración: hay un Estado cómodo con el desorden y una ciudadanía cansada de que la traten con la punta del pie. Estamos como sociedad de que nos traten como si fuéramos… (¿Puedo decir la palabra que empieza con Pen y termina con dejos?… si no mejor la cambiamos) “tontitos”…

Y mientras sigan celebrando logros que no se sienten, la bronca no es solo la inseguridad: es el desprecio.

El gobierno vende cifras como si fueran verdades cerradas, pero los números también mienten cuando se usan para tapar huecos. Presumen patrullas entregadas, inversiones anunciadas, tecnología instalada. 

No dicen cuántas funcionan hoy, cuántas salen completas, cuántas regresan antes de terminar turno. 

Dicen “mil patrullas” y esconden que 150 no ruedan de forma permanente. 

Eso no es un detallito, no es “pecata minuta”: Es un recorte real a la seguridad. 

La cifra oficial sirve para el discurso, no para la calle.

También presumen más de 700 unidades compradas en casi tres años, como si comprar fuera sinónimo de resolver. 

Pero el mismo gobierno admite que el porcentaje fuera de operación no baja. 

Entonces algo no cuadra. 

O las compras no alcanzan, o se compran mal, o se mantienen peor, o se pierde el control interno. 

Cualquiera de esas opciones es grave. 

Todas juntas son un cochinero. 

Y aun así se sigue hablando de resultados, de control, de estrategia sólida. No hay estrategia cuando el sistema se traga sus propios recursos y nadie rinde cuentas.

Ahí se cae el teatro. Porque si el gobierno sabe que opera con menos capacidad real y aun así insiste en vender normalidad, no está informando: está mintiendo con calma. 

Está usando números para anestesiar el reclamo social. 

Está apostando a que la gente no sume, no compare, no pregunte. 

Pero la calle sí siente la ausencia, sí nota la tardanza, sí sabe cuándo no llega nadie. 

Y cuando el discurso choca todos los días con esa experiencia, lo que queda no es confianza: es rabia acumulada contra un gobierno que prefiere sostener la farsa antes que admitir su propio desorden.

La entrega de patrullas en Cancún no es una política de seguridad, es una operación de imagen. 

Setenta unidades presentadas como si bastaran para corregir un problema que lleva años acumulándose. 

Se arma el acto, se ordena el discurso y se repite el mensaje de siempre: estamos haciendo algo. 

No importa si funciona, importa que se vea. 

La seguridad convertida en espectáculo institucional.

Se habla de tecnología con una fe casi infantil, como si nombrarla resolviera lo que no se ha querido enfrentar. Cámaras, lectores, sistemas, equipos “de alto rendimiento”. 

Todo suena bien en el micrófono. 

En la calle, no alcanza. 

Porque el problema no es la falta de fierro, es la falta de operación consistente. 

Eso no se inaugura, no se presume y no se resuelve con eventos. Pero tampoco se quiere tocar.

Cancún se vuelve el escaparate ideal: visible, turístico, rentable políticamente. 

Ahí se concentra el mensaje mientras otras zonas siguen cargando el desgaste. 

No es casualidad, es selección natural. 

Gobernar donde hay reflectores y administrar el silencio donde no los hay. 

La seguridad se mide por la foto, no por la respuesta cotidiana. 

Y así se construye, según algún “ideota” (por idea grandota, no por otra cosa) una narrativa que funciona hacia arriba, pero no hacia afuera.

Lo más delicado es la insistencia. Repetir el mismo formato aun sabiendo que no corrige el fondo. 

Seguir presentando actos como soluciones. 

Seguir hablando de resultados sin asumir los límites reales. 

Eso no es ingenuidad, es una decisión política. 

Mantener la apariencia de control aunque la realidad no acompañe. Apostar a que el discurso aguante más que la paciencia social.

No se trata de negar esfuerzos ni de desconocer inversiones. 

Se trata de señalar que el modelo no está resolviendo. 

Que la seguridad no se fortalece con ceremonias ni con palabras bien medidas. Y que seguir fingiendo que sí lo hace no solo no calma, sino que va destruyendo la poca la confianza. 

Aquí no estamos frente a un gobierno desinformado ni rebasado: estamos frente a un gobierno cómodo. 

Cómodo con políticas a medias, con resultados tibios, con un sistema que no da el ancho pero tampoco se toca porque moverlo cuesta. 

La seguridad se administra como problema político, no como urgencia social. 

Se estira el discurso, se dosifica la verdad, se empujan eventos y se gana tiempo. 

Tiempo para ellos. 

Desgaste para todos los demás. 

Y luego se sorprenden cuando la gente ya no cree, ya no espera y ya no confía. 

Eso no es ingobernabilidad: es consecuencia.

Porque seguir sosteniendo esta farsa ya no es torpeza, es una mentada de madre. 

Insistir en políticas incompletas, en soluciones cosméticas, en actos que no cambian nada, es decirle a la sociedad que aguante, que se acostumbre, que no exija tanto. 

Es gobernar con desprecio. 

Y eso tiene un límite. 

La seguridad no se resuelve con discursos ni con “eventitos”, se resuelve con decisiones que duelen y con responsabilidad real. 

Todo lo demás es humo. 

Y el humo ya nos lo tragamos suficiente. 

Así que o rompen de una vez con este modelo de simulación o aceptan que están gobernando para la foto y no para la calle. 

Pero por favor ya no sigan fingiendo que no pasa nada.  

No… (inserte aquí la palabra que se le venga a la mente)

Por; JuanJo Sánchez

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